
Hay una mujer en la portada del libro. Debe de ser un error, ¿no trataba Hamnet (Maggie O’Farrell, 2020) sobre la muerte del hijo varón de William Shakespeare?
Eso fue lo que pensé cuando vi por primera vez la edición española —de Libros del Asteroide—, familiarizada como estaba con la inglesa, cuya cubierta luce una austera hache mayúscula adornada con plantas y animales. Sin embargo, ahora que he leído la novela, han cambiado las tornas: le encuentro más sentido a esa imagen femenina y menos a que lleve por título el nombre del niño, pues la protagonista indiscutible es su madre, Agnes.
Al inicio de la historia, el pequeño Hamnet busca desesperadamente a un médico para su gemela, Judith, que no se encuentra bien. Los dos están solos en casa, sin ningún adulto que pueda ayudarles. El narrador omnisciente en tercera persona describe este momento de ausencia como el núcleo de la vida de Agnes, «el epicentro del que todo sale y al que todo vuelve». Poco después empiezan a intercalarse las escenas del presente con las del pasado, pero este último no se remonta al nacimiento de Hamnet, como cabría esperar, sino a la infancia de Agnes. Así, queda patente que el foco está puesto en ella, mucho más que en el niño.
Enfocar el relato desde esta perspectiva responde a una clara motivación feminista: la de dar voz a una mujer invisibilizada por la historia, aunque sea en la ficción. Si conocemos a Agnes —habitualmente llamada Anna o Anne; O’Farrell explica en su nota de autora que sacó este nombre del testamento de su padre— es únicamente por ser la esposa de. El propósito es noble; su desarrollo, a mi parecer, poco acertado.
Uno de los aspectos más llamativos de Hamnet es la omisión absoluta del nombre de William Shakespeare. Es el hijo del guantero, el preceptor de latín, hermano, marido, padre… La autora no le concede ni tan siquiera un nombre de pila, ni un apelativo cariñoso. Durante la lectura estuve barajando posibles motivos que estarían detrás de esta decisión. Quizás O’Farrell buscaba recordarnos que, antes de convertirse en ese gran dramaturgo de fama mundial, el susodicho fue una persona normal y corriente. Quizás pensó que, como hoy en día todo el mundo conoce su nombre, sería redundante mencionarlo.
Al final me decanté por una tercera idea: el objetivo de dicha omisión es indicar al lector que el protagonismo de la novela pertenece a Agnes y que su marido no va a eclipsarla. Investigando un poco, para averiguar si había algún pronunciamiento expreso de la propia Maggie O’Farrell al respecto, di con este fragmento de una entrevista en el que confirma —hasta cierto punto— mis teorías.
La decisión me resulta polémica. Evitar deliberadamente llamar al padre de Hamnet por cualquier nombre sabe a devolver el trato que la verdadera Agnes ha recibido por parte de la historia, su invisibilización, con la misma moneda. Bastaba con exponer las prolongadas ausencias del Shakespeare ficticio, un punto clave de la novela. Agnes lo ve marchitarse ante las reducidas dimensiones de la vida cotidiana en Stratford, así que orquesta en secreto una oportunidad de negocio para él en Londres. Él no se lo piensa dos veces antes de aprovecharla y dejar atrás a su familia.
Lo que intento decir con esto es que su falta de nombre no cumple ninguna función relevante en la narrativa. Sus actos, por sí solos, lo retratan y elevan a Agnes. Se llame como se llame, la denuncia permanece inalterable: el hombre puede partir en busca de grandeza, pero solamente gracias al sacrificio de su esposa, en cuyas manos quedan el cuidado del hogar y la crianza. Por no hablar de que a O’Farrell le ha salido el tiro por la culata, ya que el único protagonista anónimo de la novela se ha convertido, como era de esperar, en uno de sus aspectos más comentados y controvertidos. Intentando alejar la atención de él, ha conseguido todo lo contrario.
Si bien este anonimato a voces me resulta absurdo, son otros aspectos los que verdaderamente me impidieron conectar con Hamnet, empezando por los rasgos feéricos de los que la autora decide dotar a Agnes. La vida entera de la protagonista está envuelta en una especie de realismo mágico de Schrödinger —tal vez sí, tal vez no— que incluye la clarividencia y una afinidad especial con las plantas medicinales, entre otras cosas.
Aunque la sobrenaturalidad de Agnes se presenta ambigua durante la mayor parte de la narrativa, dos hechos apuntan a que es real. Por un lado, el nombre de su madre: Rowan (en español serbal), un tipo de árbol estrechamente ligado a la existencia de seres fae en el folclore de varias culturas. O’Farrell la caracteriza como una mujer peculiar que vive en los bosques al margen de la sociedad de Stratford, con el pelo suelto y los pies descalzos.
Por otro lado, esta cita, desde el punto de vista de su suegra:
Se niega a creer casi todo lo que se dice de Agnes, que ve el futuro de la gente, que lee la palma de la mano o lo que sea. Pero ahora, por primera vez, se hace una idea de lo que quieren decir esas habladurías. Agnes es de otro mundo. No es por completo de este.
Soy plenamente consciente de que Hamnet es ficción. En ningún momento intenta ser otra cosa más que un ejercicio imaginativo de la autora sobre lo que pudo ser este episodio perdido de la biografía de Shakespeare —de la que, por cierto, sabemos bien poco, pero ese es un tema para otro día—. No obstante, si el propósito inicial era destacar a una mujer ninguneada por la historia, creo que el mensaje habría tenido más impacto prescindiendo de la magia.
Atribuir las dotes de Agnes como sanadora, específicamente, a la intervención de lo paranormal le quita agencia al personaje, pues las convierte en algo sobre lo que no tiene control alguno. Cabe recordar que la novela está ambientada en un momento histórico en el que las mujeres tenían cerradas las puertas de la educación, un tema muy presente entre sus páginas. El analfabetismo de Agnes sale a relucir en más de una ocasión, por ejemplo, a través de sus dificultades para leer las cartas que recibe de su marido desde Londres.
En mi opinión, O’Farrell podría haber aprovechado estas circunstancias para mostrar que las limitaciones educativas nunca impidieron a las mujeres desarrollar habilidades muy necesarias. Podría haber retratado ese saber hacer característico de otros tiempos, transmitido de generación en generación, que hemos perdido con el progreso. Estoy convencida de que habría encajado muy bien en la novela, aportándole más dimensión y haciendo de Agnes un personaje más cercano y auténtico.
Las últimas razones por las que no disfruté de Hamnet están relacionadas con aspectos externos de la narrativa. La autora tiene un estilo muy personal, con sus defensores y sus detractores. Yo pertenezco al segundo grupo. Sin entrar en valoraciones de calidad literaria, diré que su abuso del estilo indirecto y de las anáforas, así como sus enumeraciones de muchas cosas —a menudo sinónimas—, no fueron de mi agrado.
También ha dado mucho de que hablar la estructura de la novela. Personalmente, estoy acostumbrada a leer novelas con saltos temporales entre el presente y el pasado. Esta decisión estilística funciona cuando está bien ejecutada, y creo que en este caso lo está. Lo que me descolocó —como a muchos otros lectores— fue el famoso capítulo de la pulga que transmite la peste a Judith.
El capítulo en sí no está mal; nos ofrece una visión más amplia del contexto histórico, narrando cómo llegó a parar la enfermedad a un pueblecito como Stratford. Lo cuestionable del tema es el punto de la narrativa en el que Maggie O’Farrell decide incorporarlo. Quizá lo más indicado para su contenido, cuyo objetivo es poner al lector en antecedentes, sea el prólogo o los capítulos iniciales, y no la mitad de la historia. A esas alturas resulta más molesto que otra cosa, una interrupción anticlimática.
Para terminar, recupero algo que ya he dicho antes: Hamnet no intenta ser más que ficción. Aun así, me cuesta encontrarle la razón de ser. Que el niño murió es un hecho; que ello entristeció a la familia resulta evidente. Más allá de esto, falta un objetivo claro. O’Farrell quiere contarnos las circunstancias de la muerte de Hamnet, pero el niño apenas aparece en la novela, siendo Agnes su verdadera protagonista. Quiere mostrarnos que William Shakespeare también sufrió por este suceso, como sugiere la existencia de Hamlet (ca. 1603), pero sin nombrar al autor de la obra y padre del niño en ningún momento.
La adaptación cinematográfica, dirigida por Chloé Zhao, está arrasando esta temporada de premios. Habrá que hacerse una escapadita al cine para ver si logra conmoverme o, como con la novela, permanezco en la minoría.


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