Creo que Sean y yo no nos hemos leído el mismo libro. ¿Y quién es Sean?, te preguntarás. Pues bien: Sean es un usuario de Goodreads cuya reseña de La vegetariana (Han Kang, 2007) acumula alrededor de 2600 votos positivos. Lo preocupante del asunto es que en ella afirma que el libro trata sobre la opresión social sufrida por las personas vegetarianas. Así, en general.

Una decisión tan corriente como dejar de comer carne pone patas arriba el entorno de Yeonghye, la protagonista. Por lo poco que sabemos de cómo era ella antes del inicio de la historia, esta parece ser la primera decisión que toma por sí misma en su vida. Y ni siquiera tiene el privilegio de contárnoslo; la única ventana a su mente que nos proporciona la autora son un puñado de sueños crípticos de los que se intuye que la carne encierra un significado traumático para ella.
Es su marido quien narra en primera persona la primera parte de la novela, autorretratándose como el principal damnificado por la conversión al vegetarianismo de Yeonghye. De madrugada, ella emprende la tarea de vaciar toda la carne del congelador y pierde la noción del tiempo. Como no despierta a su marido en hora, este llega tarde al trabajo. Como no le prepara el desayuno, se va con el estómago vacío. Como tampoco le prepara la ropa, tiene que rescatar algo usado y sin planchar del cesto de la ropa sucia. Nunca antes en años de matrimonio había abandonado Yeonghye su rol de esposa tradicional, y menos por estar haciendo algo para ella misma.
Todo empeora cuando asisten juntos a una cena de empresa. Al marido de Yeonghye le causa una profunda vergüenza el vegetarianismo de su mujer, quien no prueba bocado de carne en una mesa donde las alternativas son casi inexistentes. Y para colmo ella, a diferencia del resto de esposas, se ha presentado sin sujetador. Prefiere no llevarlo porque —cito textualmente— le oprime el pecho. Un término muy acertado para señalar que algo más está pasando aquí, algo que nada tiene que ver con el consumo de carne.
La escena a la que hago referencia en el párrafo anterior es, a mi parecer, una de las más significativas del libro. Es la primera vez que vemos a Yeonghye desenvolverse en sociedad, fuera de lo doméstico, pero hay que recordar que estamos tomando prestada la mirada de su marido. A través de sus reacciones al comportamiento de su mujer, la autora nos invita a plantearnos: ¿qué es lo que verdaderamente le incomoda? ¿El vegetarianismo o el quebrantamiento de las normas sociales?
El conflicto sigue escalando hasta alcanzar su culmen: la celebración de una comida familiar en el apartamento recién adquirido por la hermana mayor de Yeonghye. De nuevo, carne sobre la mesa. De nuevo, la negativa de nuestra protagonista a ingerirla. Si el resto de miembros de la familia están dispuestos a dejarlo correr, no ocurre así con su padre. «A mi mujer la había criado a base de azotes en las piernas hasta los diecisiete años», nos cuenta el marido sin ningún tapujo. Más adelante en la novela, la hermana mayor rememorará una infancia marcada por los malos tratos del padre, que se cebaba especialmente con Yeonghye por considerarla la más débil.
Sabiendo esto, no debería asombrarnos la explosión de violencia con que se desenlaza la escena, pero lo hace. El padre le grita y la abofetea, reclutando la ayuda de los yernos para sujetarle los brazos mientras él le mete carne en la boca a la fuerza. Ella pierde los estribos de tal manera que termina ingresada en un hospital.
Arranca la segunda parte de la novela y seguimos sin saber mucho de nuestra protagonista. Permanece en tratamiento psiquiátrico y vive sola en un pisito modesto. Su marido ha pedido el divorcio; sus padres y su hermano le han dado la espalda. Solamente Inhye, su hermana mayor, se preocupa por ella. Un día cualquiera, Inhye le revela casualmente a su marido que Yeonghye todavía conserva la mancha mongólica.
A raíz de ese descubrimiento, él desarrolla una turbia fascinación por su cuñada, convirtiéndose así en el narrador de esta parte de la historia; para mí, la más confusa del libro. No estoy del todo de acuerdo con quienes argumentan que trata sobre la liberación sexual de Yeonghye. Está cargada de eroticismo, de eso no cabe duda, pero… Si es la liberación sexual de ella, ¿por qué la vemos desde el punto de vista de él?
El cuñado se dedica al arte —o lo intenta—. Quizás su sensibilidad artística le permite reconocer la autenticidad de la transformación espiritual que Yeonghye ha iniciado hacia algo más primigenio, libre de toda atadura terrenal y expectativa social, cuando el resto del mundo lo percibe y cataloga como una enfermedad mental. Sin embargo, esta especie de sexto sentido no deriva en una admiración respetuosa de su musa, sino que despierta en él deseos de índole sexual, de modo que la línea entre lo artístico y lo morboso y autocomplaciente queda difuminada.
Puede que mantener relaciones con su cuñado sea un paso más en la ruptura de Yeonghye con aquello que la sociedad considera correcto. Queda preguntarse cuál es el propósito que cumple esta transgresión en el caso del cuñado. De no haber sido por su fijación con grabar el acto sexual para luego exponerlo, habría creído que encuentra a Yeonghye verdaderamente inspiradora. Al ponerla delante de una cámara de vídeo, contribuye a perpetuar la visión del cuerpo femenino como un objeto de consumo sexual.
Cuando Inhye los sorprende juntos, toma las medidas que considera necesarias y corta lazos con su marido definitivamente; así, para la tercera y última parte, Inhye está completamente sola. Le toca cargar con el rol de narradora, no tiene alternativa. Carga también con su negocio, con su casa, con su hermana pequeña, con su hijo pequeño y, por encima de todo, carga con la culpa.
Aunque la situación de Yeonghye es el resultado de muchos factores, es su hermana mayor la única que se fustiga con el ¿y si? Al recordar experiencias vitales que compartieron las dos juntas, no puede evitar preguntarse: ¿y si hubiera hecho las cosas de forma distinta? ¿Podría haber evitado que llegáramos a esto?
Sus visitas a Yeonghye en el centro psiquiátrico donde está ingresada la revuelven todavía más por dentro. En ellas, Inhye observa un marcado contraste entre los demás internos con los que se cruza —quienes sufren de paranoias, o van profiriendo insultos sin ton ni son, o son adictos en proceso de curación…— y el comportamiento de su hermana. Más dudas la asaltan: ¿está Yeonghye realmente fuera de sus cabales o solamente se desvía de la norma? ¿Por qué, habiendo crecido en las mismas circunstancias, la hermana pequeña pierde la cabeza mientras que la mayor se mantiene cuerda? ¿Y cuál es el significado de la cordura? ¿Ajustarse a lo que la sociedad espera de una persona? Que nadie espere encontrar respuestas en las últimas páginas del libro.
Yeonghye, por su parte, se encuentra en la última fase de su particular proceso. Llegado este punto ya no quiere ingerir nada excepto agua, y es frecuente encontrarla haciendo el pino con la intención de echar raíces, pues se prepara para abandonar esta vida que no le encaja y unirse a la naturaleza.
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Si el libro tratase realmente sobre las vicisitudes de ser vegetariano, como afirma la reseña del tal Sean de Goodreads, bien podría haberse titulado Los vegetarianos. Pero no, su título es en femenino, y eso no es fortuito.
La vegetariana es una novela que exige ser leída con perspectiva de género.
En su núcleo se encuentra la violencia patriarcal. A pequeña escala (el matrimonio), a mediana escala (la familia), y a gran escala (la sociedad). Una violencia cuyas repercusiones se hacen notar especialmente en las mujeres, como hemos visto, pero que también afecta a los narradores masculinos, con su rígido constructo social de la hombría.
Lo evidencia la envidia que el marido de Yeonghye profesa hacia el marido de Inhye por dedicarse al arte y no aportar nada a la economía familiar. Por ser, en otras palabras, un mantenido. Es ella quien lleva los pantalones en su casa. En efecto, si han podido permitirse la casa es gracias al esfuerzo de Inhye; y, sin embargo, su padre felicita al yerno en primer lugar como si el logro fuera cosa suya.
Todos estos aspectos hacen de La vegetariana un libro incómodo y desagradable de leer, sobre todo porque Han Kang no está retratando una sociedad distópica ni una realidad ficticia. Es el mundo en el que vivimos y verlo a través de esta lente asusta.
Muy pronto se anunciará el Premio Nobel de Literatura de 2025. Las secciones de las librerías están a punto de sufrir un cambio de look radical. Nuevas obras desplazarán a las de Han Kang; aun así, La vegetariana ha dejado en mí una huella imposible de olvidar y continuaré leyendo a la autora. Espero que el nuevo galardonado o la nueva galardonada me aporte tanto material de análisis literario —y tan interesante— como lo ha hecho ella.


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