No voy a ocultar que me gusta leer reseñas de otras personas cuando termino un libro o una película. No como fuente de inspiración, sino porque me ayuda a poner en orden mis propias ideas, que suelen ser muchas y muy caóticas. 

Con Wuthering Heights (Cumbres Borrascosas en español) este ejercicio ha ido más allá del simple «con esto estoy de acuerdo», «con esto no». Las abundantes reseñas negativas que ocupan la ficha del libro en Goodreads me han llevado a la siguiente reflexión: ¿es adecuado utilizar varas de medir contemporáneas para valorar textos de épocas pasadas?

Los autores de la mayoría de dichas reseñas coinciden en una cosa: nadie quiere leer una novela sobre gente horrible. Son personas que han llegado a este texto atraídas por la extendidísima a la par que equivocadísima idea de que Wuthering Heights es una novela romántica. Nada más lejos de la realidad. Supongo que la responsabilidad recae sobre alguna mente pensante de la industria literaria que en algún momento decidió promocionarla así para disparar el número de ventas. Tal vez lo consiguiera, pero como efecto colateral también aumentó el número de consumidores decepcionados.

En la Inglaterra del siglo XIX, buque insignia del decoro y los buenos modales, Emily Brontë —bajo el pseudónimo masculino Ellis Bell— decidió publicar una novela sobre la cara más fea de la humanidad. Cumbres Borrascosas, la casa que da nombre a la novela, se encuentra en un lugar apartado donde las normas de la buena sociedad que tan bien plasma Jane Austen en sus novelas no aplican. Con ingredientes como las repetidas menciones al suicidio y al infierno, una profanación de tumbas y un protagonista masculino racializado con un pasado incierto, el escándalo estaba asegurado y así lo reflejó la crítica literaria del momento.

Los personajes principales están muy lejos de ser personas ejemplares y lo peor de todo es que no hay redención para ellos, únicamente un bucle de violencia al que solo la muerte puede poner fin. Unas circunstancias poco prósperas para criar a la segunda generación que nace de la unión entre la familia Earnshaw (en la que incluyo a Heathcliff, a pesar de los matices) y la familia Linton: niños inocentes, herederos de problemáticas pertenecientes a los adultos responsables de ellos y víctimas de una venganza despiadada que empezó mucho antes de su nacimiento.

Como bien apunta esta reseña de Goodreads, resulta fascinante que Emily Brontë escribiera todo esto antes del nacimiento de la disciplina que estudia la mente humana. Demuestra una comprensión del trauma generacional y de cómo el aislamiento social acentúa la imposibilidad de escapar adelantada a su tiempo. Leer Wuthering Heights es a ratos incómodo y a ratos frustrante, no solo por la violencia que se desata bajo el techo de la casa homónima, sino también por la incapacidad de sus personajes de hacer nada al respecto salvo resignarse a la vida que les ha tocado. 

Para los jóvenes Cathy y Hareton, que han crecido bajo el yugo de una venganza que no les correspondía, la muerte de Heathcliff es liberadora. Son los únicos descendientes de cada familia que quedan vivos al final de la novela; les acompaña Nelly Dean, la sirvienta que ha velado por el  bienestar de ambos tanto como se le ha permitido y narradora de la historia. Cathy asiste a Hareton en sus esfuerzos por corregir la rudeza y el analfabetismo impuestos desde su infancia por Heathcliff; de esta manera, Wuthering Heights termina en una nota esperanzadora —cosa que a mí me cogió por sorpresa— con el acercamiento e incipiente enamoramiento entre ellos.

Como conclusión de esta reseña freestyle, y para contestar a la pregunta que me hacía en los primeros párrafos, creo que es importante abordar un texto, sea de la época que sea, siempre desde el pensamiento crítico y analítico. Hay que afinar el oído literario, prestar atención a los mensajes que el autor intenta transmitir y, en el caso de producirse incomprensión por nuestra parte, recurrir a textos críticos de autoridades en la materia que puedan ayudarnos. Informarnos del contexto histórico en el que se escribió el texto también es de vital importancia. 

En el caso de Wuthering Heights: ¿está presentando Emily Brontë a estos personajes como un modelo de conducta? ¿Romantiza la violencia? ¿Da a entender que aprueba sus actos? Desde mi punto de vista, Brontë se limita a exponer una serie de acontecimientos ficticios; la responsabilidad de valorarlos recae sobre el lector.

¿Y qué hay de Catherine y Heathcliff? ¿Hay amor entre ellos? Sí. ¿Es un amor sano? Desde luego que no: es pasión, es obsesión, es un ni contigo ni sin ti. Pero ¿encaja en los parámetros de lo que actualmente etiquetaríamos como «amor tóxico»? Yo, personalmente, soy reacia a llamarlo así, pero ese es un debate para otro día.

Desde la publicación de la novela, el término racial gypsy con el que se describe a Heathcliff ha caído en desuso en inglés por considerarse ofensivo, en favor del término Romani. ¿Debería publicarse una versión revisada del texto sustituyéndolo? ¿Se deberían limpiar las fuertes marcas dialécticas de Yorkshire presentes en el discurso de Joseph, un sirviente? Para mí siempre es preferible incorporar notas explicativas antes que recurrir a la censura.

Con estas palabras cierro las puertas de Cumbres Borrascosas, un lugar que volveré a visitar sin duda de aquí a unos años. Me entusiasma la idea de la mutabilidad de los textos en función de las circunstancias que nos rodean como lectores. Extraemos significado de ellos según el momento personal que atravesamos, apreciamos nuevos detalles a medida que vamos ganando en madurez y aprendizaje… Siempre teniendo en cuenta que el texto es el mismo, el que cambia eres tú.

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L. R. Martín

A los siete años mi madre me sacó el carnet de la biblioteca municipal y aquí estamos. Graduada en Estudios Ingleses, con un Máster en Traducción y formación en Marketing Digital.